2 jun 2009

DAMIANA

Tiene los ojos oscuros, y la piel color café, como dicen aquí en Perú. Su rostro empieza a arrugarse, y de entre los pliegues de la cara asoma una tímida sonrisa, siempre acompañada de la mirada baja, escondida pero brillante. Se llama Damiana, tiene 4 hijos y un marido que desapareció, y vive en una pequeña comunidad al oeste del pueblo de Combapata.

Damiana se levanta muy pronto, casi al amanecer, y arregla la casa, después saca al ganado con su hija Milagros, de 6 años, mientras los demás se encargan del maíz y de ir a vender sus productos a las localidades cercanas. El trabajo dura hasta el anochecer, con una parada pequeña para almorzar: caldo en los días buenos, matecito de coca si la plata no llega.

Damiana es una de tantas mujeres campesinas que habitan los altiplanos de la sierra central del Perú. Mujeres sumisas, acostumbradas a no opinar, a limitarse a trabajar todo el día y a ocuparse de los hijos, a menudo maltratadas por sus maridos. No están formadas, la mayoría son analfabetas y viven al día, preocupadas tan sólo de llenar el plato cada mañana.

Algo distinto, sin embargo, se revuelve en Damiana. Damiana es muy curiosa. Cuando baja al pueblo de Combapata mira los rótulos de los establecimientos, los carteles con letras de colores en las paredes de los barecitos, y Damiana quiere saber qué dicen, qué anuncian. Ha visto imágenes en la televisión de la tienda, y sabe que el mundo es muy grande, y que hay otros lugares más allá de las montañas en las que siempre ha vivido. Hay mares y llanuras, otras gentes, otras razas, otras plantas y animales. A Damiana le gustaría conocerlos todos, y aprender sus lenguas, saber cómo viven y respiran en otros puntos del planeta.

Damiana es curiosa y sueña despierta, pero al abrir los ojos ya no ve mares ni animales exóticos, tan sólo los muros de adobe de su casa a medio hacer, muros que le ahogan y encierran, rutina en un día a día que Damiana no acepta.

Por eso Damiana va a tomar una decisión, quizás la más importante de su vida: Damiana irá a la escuela. Y a partir de ese momento, su vida va a cambiar por completo: ahora, todas la tardes, a eso de las 6, cuando el sol ya está bajo y el ganado encerrado en casa, Damiana y sus dos hijas pequeñas se preparan para tomar el carro que baja al pueblo de Combapata. Está cansada, el día fue muy largo, pero al llegar a la escuela nocturna todo lo malo se olvida, allí le espera otro mundo, un mundo diferente y apasionante: las letras, los números, la historia de su propio país, tan desconocido por ella hasta ahora.

Al igual que sus compañeros, casi todos jóvenes cuya única realidad es el trabajo diario en los cerros, Damiana es tímida, y apenas alza la voz cuando el maestro le hace alguna pregunta. Pero detrás de su cabeza agachada, de su actitud sumisa, asoma esa mirada brillante que Damiana siempre tuvo, y por unas horas la mujer campesina consigue volar lejos y rebelarse contra su propio destino. Quién sabe, quizá algún día Damiana llegará más lejos, y su débil voz se alzará por encima de las montañas y hablará por todas las mujeres que día tras día se callan, pues no conocen lo que tienen derecho a exigir. Pero esa sería otra historia.

Mientras tanto, Damiana acude a la escuela cada noche, y con eso Damiana hace realidad un sueño, ese sueño en el que las mujeres y hombres olvidados de la tierra consiguen ser dueños de sus propias vidas.

Combapata (Perú), 15 de agosto 2008.

1 comentario:

  1. El hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga. (F.Holderlin)

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