Las Sierras Subbéticas, al sur de la provincia de Córdoba, constituyen un área que alberga una gran riqueza natural y cultural, aparte de un sinfín de posibilidades para los aficionados al senderismo.
Hoy el frío, que no acaba de llegar a la ciudad, se siente ya desde el momento de salir del coche que dejamos aparcado en la aldea de Los Villares. El viento sopla con fuerza, y la montaña se ve llena de los colores y olores del otoño, una de las estaciones, según mi criterio, más bonitas para observar en el monte. En esta época se ponen de manifiesto las diferentes estrategias de la vegetación para adaptarse a las condiciones climáticas, las caducas van tirando la hoja pero cada una a su ritmo: así nos encontramos con los arces de montpellier completamente desnudos, y a sus pies un manto de sus diminutas hojitas ya secas. Las cornicabras, sin embargo, apenas empiezan a amarillear, y las tonalidades rojizas de sus agallas se entremezclan con las hojas aún verdes de los quejigos y las flores amarillas de algún espino ahora en flor. Los majuelos parecen adelantarse a la navidad todos llenos de bolitas rojas, en definitiva el campo aparece lleno de colores tranquilos, un paisaje suave y amigable que se prepara para las condiciones hostiles del invierno.
El otoño es época de fructificación, de setas, de sacar el instinto recolector que todos llevamos dentro: castañas, macrolepiotas, espárragos… las plantas ofrecen el momento último de su ciclo reproductor y muchas de ellas dependen de los animales para que sus semillas se vean dispersadas y formar nuevas plantas con la llegada del calorcito. Las encinas aparecen cargadas de bellotas de las que muchos pájaros y roedores se alimentarán durante todo el invierno. Algunas de ellas serán enterradas pero olvidadas por sus despistados comensales, y si llueve lo suficiente a los pocos meses habrán echado raíces profundas y las primeras hojas empezarán a asomarse a la superficie.
Caminamos entre olivares que poco a poco se van mezclando con manchas de bosque autóctono y terminan por desaparecer al dejar atrás los cortijos. A nuestra izquierda una mole de roca caliza, el pico Bermejo, nos sirve como punto de referencia en el camino, que asciende muy suavemente entre encinas y quejigos. La sequía de este año ha hecho estragos, apenas sale agua de la fuente, las únicas setas que vemos son las diminutas senderuelas, que parecen necesitar apenas una gota de agua para crecer.
Cuando el viento nos da un respiro escuchamos a un grupo de chovas que vuela en las proximidades del pico, y junto a ellas planean un par de buitres… quién pudiera ser ave y coger una térmica para flotar sin ningún esfuerzo por encima de todas las cabezas…
Alcanzamos el Puerto del Cerezo en poco tiempo, desde allí el camino se bifurca y nos ofrece varias posibilidades: a la izquierda la vereda nos lleva hacia Las lagunillas, y antes de finalizar se puede ascender a la Tiñosa, el punto más alto de la provincia. A nuestra derecha el Bermejo, y de frente los caminos de cabras se adentran en el valle hasta llegar a dos rocas muy peculiares: la cabeza de lince y el dedo de Dios, con formas que hacen mención a su nombre. Escogemos, pre-supuesto, el camino de cabras, que en algunos puntos no es camino y te hace experimentar en propias carnes las defensas de las plantas frente a los herbívoros: muy hambriento deberás estar para masticar esos pinchos…
Regresamos subiendo por la cara opuesta al Bermejo, hasta alcanzar el camino de las Lagunillas y volver hacia el Puerto y Los Villares. El viento sopla cada vez con más fuerza, el aire huele de esa forma tan peculiar que anuncia cambios, el ambiente invita al calorcito de un fuego y a merendar castañas, el otoño parece por fin haber llegado aquí a la Sierra Subbética.
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