1 jul 2009

PAISAJE CASTELLANO












… yo tuve patria donde corre el Duero

por entre grises peñas,

y fantasmas de viejos encinares,

allá en Castilla, mística y guerrera,

Castilla la gentil, humilde y brava,

Castilla del desdén y de la fuerza

(A. Machado. Campos de Castilla)



No es, desde luego, la mejor parte del trayecto, nada comparado con el paso de Despeñaperros o las cumbres nevadas de Guadarrama. Castilla se extiende áspera sobre su interminable planicie, y la nada de sus horizontes que se pierden entre kilómetros de cereal amarillo no provoca al visitante ningún tipo de sensación visual agradable.

Nunca le he tenido demasiado apego a mi lugar de nacimiento. Quién sabe, igual en el cruce salmantino-murciano parte de mi ADN quedó flotando por la península, sentenciando así mi incapacidad para echar raíces en lo que debiera considerar “mi tierra”. Pero, a pesar de todo, hasta ahora he pasado más tiempo dentro de Castilla que fuera, y aunque mire a la meseta y a sus habitantes con la distancia de quien no se siente parte de ellos, ansío el momento del viaje en el que el paisaje se vuelve amarillo, y entonces experimento algo inexplicable, una sensación de familiaridad y calma infinita, es posible que hasta me sienta un poco en casa.

Machado hizo en sus poesías una permanente analogía del paisaje castellano con el carácter de sus gentes, y no le faltaba razón. Cuando el viajero observa la meseta por primera vez, le choca su dureza y aridez, y seguramente piensa que Castilla no tiene mucho más que ofrecer. Puede que incluso experimente algo de desasosiego al no ver ninguna elevación en el terreno, al no ser capaz de reconocer el límite de la carretera por la que trascurre, al no encontrar en el horizonte nada más que monotonía y silencio.

Así es el auténtico castellano: duro y austero, cerrado, apegado a la tierra, de pocas palabras, no hace esfuerzos por agradar al desconocido, se muestra cual es: llano y hermético.

Pero hay que ser paciente, aprender a mirar a la meseta despacio, hay que esperar a que ella comience a hablarte, a mostrarte la inmensidad de su horizonte amarillo, a enseñarte su belleza, belleza que sólo muestra a unos pocos escogidos, a aquellos que supieron darle tiempo y esperar. Yo he tardado unos pocos años en descubrir esa belleza, pero hoy, cuando la carretera se adentra en este rincón del mundo, parece como si mis ojos se abrieran más, y entonces puedo distinguir al ratonero parado en el poste de la luz, y al milano que planea por encima de los campos, campos de tonalidades que van desde el verde al amarillo pareciendo un enorme mosaico. Veo las hileras de setos y pedacitos de bosque de ribera por donde circula algún arroyo, y las piedras verdes de musgo que forman los muros de mampostería. Alguna casita o pequeña aldea salpica el hermoso cuadro que tengo delante, y los nidos de cigüeñas pueblan los campanarios de las iglesias. Las escobas, ahora en flor, colorean la mediana de la carretera, y si fijo más la mirada por entre las espigas secas descubro a las aves esteparias correteando en busca de alimento, a las amapolas que crecen en los bordes de los cultivos, alguna encina solitaria que se alza por encima de ellos llenando el silencio castellano con su imponente figura. El paisaje que tengo delante no me parece ya monótono ni angustioso, al contrario, se me adivina interesante y lleno de movimiento, ahora tan sólo deseo detener las horas mientras me pierdo en el horizonte castellano. Al carecer de la barrera física que suponen las montañas, este horizonte parece infinito, y lo es aún más cuando, al caer la tarde, el sol empieza a bajar, y parece que su rastro no desaparecerá nunca… es entonces cuando el cielo se vuelve morado, y en esta luz impresionante que baña la tierra árida de Castilla, el visitante no puede sino sentirse atrapado por su imponente hechizo.

La apariencia fría del castellano esconde un carácter noble y leal con todo lo que le rodea, de convicciones firmes y voluntad de hierro para ser coherente con ellas. La aspereza castellana es simplemente humildad, la del que nunca buscará el protagonismo ni el reconocimiento público, la de hombres sencillos con una fuerza y carácter moldeados por la adversidad climática y por una historia violenta de dominación e interminables conquistas. No puedo quedarme con esa primera capa de hermetismo que envuelve al habitante de la meseta, se me hace necesario rascar más para descubrir todo lo que viene detrás, un horizonte infinito como el del paisaje que me rodea, una luz interior que te atrapa y embelesa si eres capaz de darle tiempo a descubrirse.

Hablo de Castilla y del castellano consciente de mi subjetividad al hacerlo, condicionada por personas que me han rodeado desde pequeña, a las que siempre me he referido con cierto desdén como “castellanos profundos”, personas a las que sin embargo admiro y a las que nunca me canso de seguir conociendo, pues se van mostrando poco a poco, con esa misma calma que me trasmite el paisaje castellano cuando lo observo desde la peculiar óptica del que, sin estar dentro, no se siente del todo fuera, del que sin sentirse en casa, no se siente del todo extranjero.

Hablo de Castilla conocedora de lo que Castilla representa, o al menos representó en el pasado, tierra de conquistadores y señores feudales, sociedad decrépita y corrupta, escenario de cruentas batallas y luchas feroces.

Castilla es hoy la prueba viva de lo que supone el paso del tiempo, la decadencia de una región cada día más despoblada, es por ello Castilla tierra de nostalgia y recuerdos, imágenes de luz morada que se va apagando a medida que el sol, por fin, consigue perderse en la línea de su interminable horizonte.

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